Bitácora de un “Rondo Veneciano” (2ª parte – Dubrovnik)

5 de octubre de 2011

Navegación tranquila y llegada, ya de día, al puerto de Dubrovnik. La entrada en la bahía de Dubrovnik es realmente preciosa, bien guarnecida de los embates de la mar. Hay que comentar que al menos yo, tenía la idea de que Dubrovnik sería una de las mejores escalas del crucero, y quizás por eso al realizar la visita a la ciudad, me llevé una pequeña desilusión. Dubrovnik está enclavada en una situación excepcionalmente atractiva, el problema es que al realizar el paseo pertinente, te das cuenta que es como un gran decorado de cine, no hay nada que realmente sea original, todas la ciudad es una reconstrucción, muy bien realizada, pero nueva, toda nueva. Esto hizo que me llevara una pequeña desilusión.

Para empezar con Dubrovnik pensamos en llegar a la ciudad en autobús, pero tuvimos la suerte de conocer en el mismo muelle a una pareja, con su niño pequeño, y les ofrecimos la posibilidad de compartir un taxi. Por 10 euros por pareja conseguimos coger un buen taxi que nos acercó hasta la puerta de Pila. Antes de eso cambiamos 20 euros cada pareja para posibles gastos, en una oficina de cambio que está en el mismo muelle.

Miramos la entrada a la muralla, pero pensamos que sería mejor empezar por recorrer la calle principal, una calle ancha, con comercios para los turistas y con muy poco interés, en general. Al principio de la calle esta la farmacia de los Franciscanos, con mucha fama pero poco que ofrecer. Mi mujer buscaba un aceite “Rosa Mosqueta”, dicen que el de Dubrovnik es muy bueno, pero lo cierto es que en la farmacia no lo tenían en aceite, si en crema… pero no es lo mismo.

Avanzando hasta el final de la calle llegamos a una plaza donde está la catedral y también una especie de campanario, con un arco en su parte inferior que nos da paso hasta la parte del muelle. De la Catedral poco que decir, después de haber visto la Basílica de San Marcos…

Pasamos por el arco hasta el muelle, y eso sí, la zona del puerto es muy bonita. La bocana del puerto está protegida por una especie de fuerte, alto y muy vistoso barcas y pequeños yates anclados y algunos restaurantes conforman una imagen agradable y que merece la pena visitar.

A la salida del puerto nos fuimos calle arriba hasta otra de las puertas de la ciudad, justo un poco más adelante está la oficina donde se compran los tiques para coger el teleférico, por si os interesa ver una panorámica de la ciudad. Arriba, justo antes de la puerta, hay una cafetería con mesas en su exterior, desde donde se ve el puerto, los barcos y que a la sombra, una coca cola sienta muy bien, descanso pues y al poco a seguir andando.

En lugar de bajar hasta la plaza, nos metimos por las calles más altas de la ciudad, repletas de restaurantes a ambos lados. Imaginaros una calle estrecha con mesas para que la gente pueda comer, cada pocos metros callejuelas que subían, las de un lado y bajaban las del otro. Lo cierto es que es una imagen muy bonita, distinta, merece la pena.

Después de recorrer esas calles decidimos meternos por detrás de la Catedral, más estrechos callejones y por sorpresa, una puerta que  de madera abierta que nos lleva por un túnel, bajo la muralla, hasta una especie de “playa”, sin arena, gente bañándose, un chiringuito en las rocas, toallas y sombrillas, todo en apenas cien metros cuadrados, rocambolesco, original, inesperado… ponedle los adjetivos que queráis… otro punto más para Dubrivnik

De vuelta a la puerta de Pila, donde habíamos quedado con nuestros nuevos amigos y a buscar un taxi… ¡Problema!, por desgracia dimos con un taxista que nos quería cobrar 25 euros en lugar de los 20 que cuesta el trayecto, decía que llevar por llevar un niño pequeño le podían poner una multa, claro que los cinco euros de más le hacían olvidar la posibilidad de ser penalizado… ¡Que morro!, nos fuimos a por otro taxi y sin problemas volvimos al crucero.

Quizás en ese momento comenzó algo realmente mágico, ya sentados en nuestra pequeña terraza, la tarde se fue despidiendo de nosotros, con unos tonos de color naranja oscuro, que mezclados con el gris del agua, nos ofreció “el mayor espectáculo del mundo”, entonces entiendes por qué alguien se decide a crear una ciudad en ese lugar. Todo evocaba a los druidas, con sus brazos extendidos hacia el sol, que poco a poco va dando paso a la más oscura de las noches, monjes y magos adorando al sol para que vuelva al día siguiente. Solo esa imagen bien vale visitar Dubrovnik.

Decepción en sus piedras, de película medieval, encanto de emplazamiento, de novela del Santo Grial.

Sobre jcu

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